Durante los últimos años, la narrativa dominante en la asignación de capital ha sido la velocidad. La carrera por implementar la inteligencia artificial generativa, automatizar procesos y capturar eficiencias de datos eclipsó casi todas las demás consideraciones estratégicas. Los balances se llenaron de activos tecnológicos. Sin embargo, a medida que los mercados maduran, emerge una nueva y profunda realidad: la velocidad sin dirección crea un nuevo tipo de pasivo.
En la Fundación Privada Prièste, identificamos esto como la “Deuda Ética”.
La Deuda Ética es el pasivo acumulado, oculto y no cuantificado que una organización contrae cuando despliega tecnología potente (como la IA) más rápido de lo que desarrolla el juicio humano, los marcos éticos y la gobernanza cognitiva para gestionarla.
Al igual que la deuda financiera, la Deuda Ética ofrece un apalancamiento a corto plazo (velocidad, eficiencia) a cambio de un riesgo a largo plazo. Hoy, esa deuda está empezando a vencer.
Estamos viendo cómo este pasivo oculto se materializa en el mundo real:
- Riesgo Regulatorio: Gobiernos de todo el mundo están pasando de la observación a la aplicación de normativas, imponiendo sanciones severas por el uso indebido de datos y los sesgos algorítmicos.
- Erosión de la Confianza: Los clientes y socios están retirando su confianza (y su capital) de las empresas que operan como “cajas negras” opacas, donde las decisiones automatizadas no pueden ser explicadas o apeladas.
- Fracaso Operativo: Los algoritmos no auditados, dejados a su suerte, están amplificando sesgos que conducen a malas decisiones de contratación, errores en la cadena de suministro y una desconexión fundamental con la realidad del mercado.
Este no es un fracaso de la tecnología. Es un fracaso del liderazgo y de la asignación de capital. Es el resultado directo de invertir miles de millones en el “motor” (la IA) sin invertir en el “sistema de dirección” (el juicio humano).
En Prièste, nuestra posición única en la intersección de la inversión financiera y la infraestructura educativa nos ha permitido anticipar este momento. Siempre hemos sostenido que la gobernanza (“G”) en el análisis ESG no se trata solo de la estructura del consejo de administración; se trata de la “Gobernanza Cognitiva” de la organización.
Nuestra estrategia de “Doble Retorno” aborda directamente la necesidad de pagar esta Deuda Ética:
- En la Inversión en EdTech (La Creación de Gobernanza): Nuestro “capital paciente” no se despliega en las plataformas que simplemente enseñan a usar la herramienta. Invertimos en las infraestructuras educativas que enseñan a gobernarla. Financiamos activamente las plataformas de Tecnología Educativa (EdTech) que se centran en la “alfabetización en IA” para ejecutivos, las simulaciones de dilemas éticos y el desarrollo de marcos de auditoría de algoritmos. Estamos financiando la creación de los líderes que pueden gestionar esta complejidad.
- En la Gestión de Capital (La Auditoría del Riesgo): Nuestra diligencia debida (due diligence) ha evolucionado. Cuando evaluamos una oportunidad de inversión, ya no nos impresiona solo el tamaño de su gasto en tecnología. Ahora auditamos su “Ratio de Deuda Ética”. ¿Qué tan robustos son sus protocolos de supervisión humana? ¿Existe una línea clara de responsabilidad para las decisiones algorítmicas? ¿Están invirtiendo proactivamente en el juicio crítico de sus equipos? Una empresa con una alta Deuda Ética no es una inversión de crecimiento ágil; es un activo de alto riesgo que espera una rebaja de calificación.
Desde nuestra sede en Madrid, un puente entre los centros de talento europeos y la innovación latinoamericana, nuestra visión es clara. El mercado está aprendiendo por las malas que la eficiencia algorítmica es una mercancía (commodity). La confianza, la transparencia y el juicio ético son los activos verdaderamente escasos.
La inversión más rentable de la próxima década no será en más potencia de procesamiento, sino en la infraestructura humana y ética que la dirige.
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